
El año se está muriendo, señores. Le quitamos la mascarilla de oxígeno cuando está agonizando y nos quedamos tan campantes. Total, va a nacer otro, ¿no? Un bebé que irá creciendo y se convertirá en niño, en un pedazo de niño cabrón. Casi tanto como lo son mis sobrinos.
El otro día, en una típica comida familiar, el más pequeño nos contó que fue a una fiesta de cumpleaños de un amigo suyo ecuatoriano y que, de todos los niños que estaban allí, el único que tenía “color carne” era él. Ah, y que su padre a veces es de color carne y otras color rojo… Aclaro que esa tonalidad la adquiere cuando bebe un poco o se enfada, lógicamente.
Y luego la otra, la mayor, en medio de una conversación sobre su propia abuela que, bueno, a la pobre señora se le ha ido un poco la pinza, se pasa todo el día durmiendo, no come pollo porque dice que tiene gripe aviar, no para de soltar incoherencias y que, a causa de no moverse, pues está cogiendo mucho peso.
-Engorda como mi hamster –dijo sin miramientos mi sobrina.
Menos mal que sólo la oí yo. Putos niños. Puto año que está punto de nacer con una muerte a sus espaldas y que parece importarle una mierda.
El año se muere con sabor a toma de decisiones, a reconciliación, a segundas oportunidades, a certezas (que no cerezas), a abrazos y besos, a autovía, a sonrisas, a arañazos en la mano, a incertidumbres, a culpabilidad, a agobios, a “lo sientos”, a errores…, podría seguir, pero simplemente decir que acaba con un regusto agridulce. El año se muere sin ni siquiera haberlo empezado a vivir. Manda cojones, Maripuri.
Un minuto de silencio por el año que está a punto de perecer. Yo me tomaré unos cuantos más, por eso estaré ausente estos días Feliz año a todos, chic@s, os lo digo de estómago y corazón.