
Me paro un ratillo por aquí para contar una de esas historias de ficción que habitualmente me da por plasmar a través de las letras y en algún momento de arcada mental. Es un poquito larga, pero como estaré algo ausente estos días y tardaré un poco en actualizar, pues espero que "compense" (y no aburra). Allá va.
Fue paradójico, pero justo cuando lo vi salir de entre dos mugrientos contenedores de basura supe que era el hombre de mi vida.
¿Cómo alguien que aparece en semejante sitio puede convertirse en tu media naranja?, se empeñaban en preguntar todos mis amigos mientras yo contestaba automáticamente que había encontrado demasiada basura a lo largo de mi vida como para descartar alguien que, a priori, sólo la rodeaba.
El amor es caprichoso y, a veces, huele mal, así que no tuve ninguna duda cuando me encaminé hacia él empujado por mis sueños y por una absurda canción romanticona que no podía quitarme de la cabeza. Simplemente fue así, nos paramos entre los dos contenedores, nos miramos a los ojos y nos tapamos la nariz mientras sonreímos abiertamente.
De ahí fuimos a tomar un café y a intentar encajar el puzzle de nuestras vidas. Es curioso como al principio de todo, aún estando rodeado de mierda, es la ilusión y la fascinación las que hacen de mascarilla filtradora y sólo lograba llegar a mí nariz los olores de esos primeros capuchinos en semipenumbra bebidos por labios ávidos de pasión, el de las hojas pisadas al dar largos paseos, la particular fragancia de la piel recién duchada en casa ajena o el aroma del incienso que se dedica a embriagar las letras de una ya lejana carta de amor.
Con el tiempo esa mascarilla se rompió, haciendo que los verdaderos olores que desprendíamos empezaran a reptar por mis fosas nasales, susurrándome que era yo el único que soportaba todo el peso de la relación. Llegaba la noche, y esa enorme carga hacía que me sintiera tremendamente cansado y con dolor de espalda, sin embargo, tardaba poco en dormirme en sus brazos ya que su presencia y el autoengaño eran los mejores somníferos que podía tomar. Era así como me sumía en un sueño donde volábamos con una “S” roja cosida en el pijama y yo no notaba nada, pura levedad corría entre los dedos de mis pies, sólo el aire dándome en la cara…, el aire que salía de su nariz cuando yo abría los ojos medio dormido y encontraba su cara frente a la mía, el aire que hacía que mi capa de superhéroe ondeara como la bandera del país que juntos fuimos creando poco a poco y con mucho esfuerzo.
Fue esa Juana De Arco llamada traición la que quemó la bandera dejando sólo cenizas…, minúsculas partículas que era imposible volver a juntar para crear, aunque fuera, otro mundo paralelo. Esta vez sí que empecé a oler mal, como el día en que todo empezó. Abandoné ese mundo lejano y volví al real para darme cuenta de lo que ya sabía, que la realidad carente de magia puede ser la peor lápida que caiga sobre tus hombros.
Al principio intenté ver el lado positivo. Aquel dolor de espalda nocturno causado por el peso de tantas mentiras había desaparecido, aunque, si bien es verdad, todo distaba mucho de parecerse a la levedad que había vivido en sueños. Sin embargo, al poco comencé a sentir algo mucho peor, la espalda me sangraba, dolía, quemaba…, me acostaba en mi cama de púas, donde cada una de esas púas representaba un recuerdo, un momento, un beso, una caricia, un abrazo, una frase… Me convertí en un verdadero faquir del amor, con una cama de 180 para mí solo, repleta de púas afiladas y con todo el tiempo del mundo por delante.
Es esa especie de dolor que te revive y te remata al mismo tiempo… Y es que sentir dolor es mucho mejor que no sentir nada. La nada pesa…, sin duda es lo que más pesa de este mundo.
Sólo con el tiempo me di cuenta de una cosa…, fueron mis lágrimas las que oxidaron las púas de la cama y las que sirvieron de yodo para curar las heridas de mi espalda. Mis lágrimas secadas por el pañuelo del tiempo…, eso y las palabras de mi madre. “Las púas oxidadas nunca traen nada bueno”, me decía cuando era pequeño. Fue por eso por lo que me levanté y caminé lejos de la cama de púas. Fue por eso por lo que dejé de ser un faquir del amor para convertirme en un malabarista de la vida que me había tocado vivir. Fue por eso por lo que desde aquel día no he vuelto a bajar la basura.