
Uno a veces siente esa especie de tristeza, algo así como cuando ves las migas de un trozo de pan desperdigadas por la mesa..., diminutas, despojadas de todo sentido, formando parte de un microcosmos de migas inservibles esperando que un dedo o un trapo las quite de en medio para que, finalmente, adquieran sentido y muerte a la vez. Es una tristeza similar a esa.
Pedro sintió algo así cuando una mañana se levantó y encontró que sus pupilas habían muerto ahogadas en un maremoto de lágrimas que le había asaltado por sorpresa la noche anterior.
Lo misma que siente Marta al despertar, abrir los ojos y ver mechones de su propio pelo jugando con su cara, revueltos y apelmazados por los remordimientos de haberse acostado con alguien que prometió no volver a ver en su vida.
Al igual que Aitor cuando monta en un autobús y recuerda su infancia en ese pueblecito de gente mayor y los muchos ratos que pasaba subido en aquel columpio ya oxidado y gastado que le hacía sentirse libre, como si volara con la mente y el cuerpo por encima de la tristeza que le invadía al mirar los tejados de su pueblo y la cara de su padre.
Es esa misma que nos recorre en ocasiones y que nos hace sentir como migas de pan a punto de ser engullidas por un trapo enorme llamado vida y que, endeblemente, lleva nuestro nombre cosido con hilo negro en una de sus esquinas...
Audio: Maximilian Hecker - Help me