El cielo está rosa y quiero que lluevan panteras rosas.
Poder abrir la boca hasta hartarme y terminar vomitando hasta lo más rosa que llevo dentro. Teñir las calles de ese color para que Dorothy del Mago de Oz siga el vómito rosa en vez de baldosas amarillas y que, finalmente, encuentre el camino a su hogar de una puta vez.
Lo miro y lo pienso con el mp3 puesto, dudando si cambiar de canción o no, con el dedo preparado, con la duda enganchada en los cables. Y es que a veces la vida se asemeja a ese momento de duda, porque en un segundo y con un solo movimiento puedes decidir si quieres que tu vida suene como una canción acústica-melancólica, en plan poppy-feliz, duro como una canción hard-rock, emocionante como una BSO de aventuras, o tal vez prerfieres dejarlo todo en pura incertidumbre, en modo “pause”. Con un movimiento de dedo, con un simple cambio de chip se puede. Click.
Y ya es de noche, y en el balcón, mientras fumas, ves a lo lejos una montaña donde las casas la iluminan por completo, en toda su superficie…, y te fijas y parece una tarta de cumpleaños; las velas las casas, el chocolate la oscuridad de las rocas. Y, casualidades de la vida, el domingo es su cumple y piensas que deberías regalarle un kit de mecánica por lo mucho que te está apretando las tuercas. Porque se empeña en retorcerlas, en tensarlas al máximo, en estrangularlas…, hasta el punto de que, por primera vez en mi vida, he visto una tuerca llorar.
No sé qué hago mal, pero por más esfuerzo y empeño que pongo nunca es suficiente. Quizá el regalo debiera ser para mí…, un supercurso de mecánica donde aprenda a apretar tuercas para ponerme a su altura y no hacer lo que hago…, callarme y tragarme mis esfuerzos frustrados como si de una pantera rosa se tratase. Y así, de esa manera, me doy cuenta que no sabe igual de dulce que cuando era pequeño, sino todo lo contrario. Se clava y se enrosca por dentro, como una tuerca.